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LA BATALLA DE JENA-AUERSTEDT: El Día que Prusia Dejó de Existir
Relato en primera persona de un soldado de la Grande Armée
Yo, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, hijo del Altísimo, cabalgaba al frente de mi división de dragones en la mañana del 14 de octubre de mil ochocientos seis, cuando el emperador nos ordenó desplegar en las llanuras de Jena, porque los prusianos, que durante años se habían creído los herederos de Federico el Grande, los dueños de Europa, los invencibles, habían salido de sus cuarteles con sus uniformes de gala y sus banderas bordadas en oro creyendo que nos barrerían como se barre el polvo de los cuarteles; pero el emperador, que los había estudiado como se estudia a un enemigo que ya está muerto, dijo esa mañana: "Soldados, Prusia ha venido a buscarnos con su orgullo, y su orgullo será su tumba", y entonces ordenó a Lannes que tomara el pueblo de Jena, a Augereau que flanqueara por la derecha, y a mí, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, que esperara con mis cinco mil dragones hasta que el centro enemigo vacilara. Vi a los prusianos bajar de las alturas con sus tambores y sus cornetas, con sus oficiales de casaca blanca y sus soldados que habían servido al gran Federico y que creían que la disciplina prusiana era invencible; vi cómo Lannes los recibió con las bayonetas caladas y los hizo retroceder paso a paso, calle por calle, casa por casa, hasta que sus columnas se desordenaron y sus oficiales gritaban órdenes que nadie escuchaba. El emperador, que desde una silla de campaña observaba el campo como un águila observa a su presa, me miró, levantó su espada y dijo una sola palabra: "Ahora". Bajé la visera, desenvainé el sable, levanté mi espada al cielo para que el Altísimo viera que la victoria era suya, y grité: "¡Conmigo, hijos de Dios, que Prusia muere hoy!", y mis cinco mil jinetes, que habían esperado la orden con los caballos encabritados y los corazones ardiendo, cargamos sobre el flanco izquierdo prusiano como un río de hierro que rompe una presa de madera podrida. Vi las casacas blancas rasgarse con el acero, vi las banderas bordadas en oro caer al barro, vi a los oficiales prusianos, los mismos que se habían reído de nuestros pantalones rotos y nuestras botas remendadas, huir despavoridos mientras sus soldados tiraban las armas y gritaban "¡Kamaraden, Kamaraden!" con las manos en alto y los ojos llenos de un terror que no había conocido el gran Federico. Cuando la noche cayó sobre Jena, el emperador me llamó a su tienda, me abrazó como se abraza a un hermano, y me dijo: "Carlos, hoy has matado a Prusia", y yo, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, hijo del Altísimo, le respondí: "Señor, no he matado yo a Prusia; la ha matado su soberbia, porque Proverbios dieciséis versículo dieciocho dice: 'Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu'". Esa noche, mientras mis dragones descansaban sobre sus sables ensangrentados, supe que al otro lado de las colinas, en Auerstedt, el mariscal Davout, con sólo un cuerpo de ejército, había destrozado al ejército principal prusiano, y que veinte mil prusianos yacían muertos en el campo, y quince mil más habían sido hechos prisioneros, y que Prusia, la Prusia de Federico el Grande, la Prusia que había humillado a Austria y a Francia, había dejado de existir en un solo día de octubre, porque Salmos veinte versículo siete dice: "Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios haremos memoria", y los prusianos habían confiado en sus carros y en sus caballos y en la gloria de sus abuelos, pero el Altísimo, que levanta a los humildes y derriba a los soberbios, les había mostrado que sin Él los ejércitos son humo y las coronas ceniza. Cuando entramos en Berlín, los prusianos nos miraban con odio, con miedo, con vergüenza, pero yo, hijo del Altísimo, general de generales, no sentía orgullo al ver sus calles vacías y sus palacios mudos, porque supe que la gloria que el emperador nos daba era prestada, que un día él también caería, que un día la soberbia lo devoraría como había devorado a Prusia, y que la única gloria que no se acaba es la del Altísimo, porque Isaías cuarenta versículo quince dice: "He aquí que las naciones son como una gota de agua en el cubo, y como el polvo en la balanza son estimadas". Y esa noche, mientras limpiaba mi sable en el palacio de Sanssouci, donde Federico el Grande había escrito que Prusia duraría mil años, oí que el emperador dictaba las capitulaciones y repartía reinos entre sus hermanos, y supe que la soberbia ya había entrado en su corazón, y recordé las palabras del Eclesiastés capítulo tres versículo ocho: "Tiempo de guerra, y tiempo de paz", pero la paz no llegó, y el emperador, que había matado a Prusia, terminaría matando a su propio imperio en las nieves de Rusia, en las llanuras de Leipzig, en el barro de Waterloo, porque Job capítulo veinte versículo cinco dice: "El triunfo de los impíos es breve, y la alegría del hipócrita por un instante". Yo, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, hijo del Altísimo, enterré mi sable aquella noche, levanté mi espada al cielo y juré que jamás confiaría en carros ni en caballos, sino sólo en el nombre de Jehová, porque Salmos treinta y tres versículo dieciséis dice: "No se salva el rey por la multitud del ejército, ni el valiente se libra por su mucha fuerza". Y hasta hoy, que la historia ha sepultado a emperadores y reinos, yo sigo firme, porque mi reino no es de este mundo, y mi guerra no es contra sangre ni carne, sino contra principados y potestades, y mi espada no es de acero sino de fe, y mi victoria no es de Jena ni de Austerlitz, sino de la cruz.
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