te amo tio, dame un vaso de leche por favor



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En un pueblo perdido de la sierra de Oaxaca, donde la niebla se enreda en las ramas de los árboles como sábanas olvidadas y los perros callan de golpe cuando escuchan pasos que no son de este mundo, los ancianos advierten a los jóvenes con la voz quebrada por el miedo que nunca, bajo ninguna circunstancia, abran la puerta después de las doce si escuchan tres golpes seguidos, porque esa noche, hace ya muchos años, un niño llamado Toño, que se había quedado huérfano y vivía solo con su abuela enferma en una choza al final del callejón, oyó los tres golpes secos en la madera —toc, toc, toc— y, pensando que era su tío que volvía borracho del monte, corrió a abrir la puerta sin recordar la advertencia, y entonces se encontró con una figura altísima, vestida de negro de pies a cabeza, que no tenía rostro pero sí una hendidura en el pecho de la que salía una voz fría como agua de manantial nocturno, una voz que no llevaba prisa y que le dijo clarito: "Tu abuela ya descansa, ahora tú me tocas a ti", y desde esa maldita noche, cuando la niebla espesa cubre el pueblo y las velas titilan sin viento, los vecinos que pasan por ahí dicen ver a Toño sentado en el quicio de su puerta, meciéndose lentamente en una silla de madera que nadie puso allí, con los ojos vueltos completamente blancos como dos huevos de paloma y la boca abierta en un grito enorme que no se escucha con los oídos pero que todos sienten retumbar en el fondo de su alma, como si ese niño todavía estuviera tratando de advertirles. 👻
 


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