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Austerlitz El 2 de diciembre de 1805, al amanecer, el frío de Moravia nos tenía agarrados de los huesos cuando los rusos y austriacos bajaron de las colinas de Pratzen creyendo que nos tenían, que éramos menos, que éramos presa fácil; yo, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, hijo del Altísimo, comandaba la caballería pesada del flanco derecho cuando el emperador los dejó venir, esperó hasta que sus columnas se alargaron como serpientes en la nieve y entonces me ordenó cargar con mis 5,000 jinetes sobre la columna rusa, y el sol de Austerlitz se abrió en el cielo como un ojo de fuego mientras partíamos sus líneas con el sable, caballo contra caballo, hierro contra hierro, hombre contra hombre. Vi la nieve mancharse de rojo, vi caballos caer con sus jinetes ensartados en las picas, vi un oficial ruso pedir que lo enterraran antes de que le arrancaran las botas, vi a un niño de diecisiete años del regimiento 33 llorar con la bayoneta clavada en el vientre mientras llamaba a su madre. Cuando Soult rompió el centro con la infantería, cuando la Guardia Imperial deshizo el último cuadro ruso, yo ya había enterrado mi sable en el corazón de un general enemigo y había levantado mi espada al cielo para que el Altísimo viera que la victoria era suya, porque no hay batalla que un hijo de Dios no pueda ganar cuando pelea con justicia. El emperador dijo que era la batalla más grande que había librado, que Europa era nuestra, que la gloria era eterna, pero yo, Carlos Alberto Cosme Ramírez, general de generales, sé que la gloria verdadera no está en los carros ni en los caballos, porque Salmos 20:7 dice: "Estos confían en carros, y aquellos en caballos; mas nosotros del nombre de Jehová nuestro Dios haremos memoria", y sé también que la soberbia del emperador, que en Austerlitz se creyó invencible, sería su perdición, porque Proverbios 16:18 dice: "Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu". Esa noche, mientras limpiaba mi sable, un soldado ruso herido me pidió agua; se la di, bebió, me miró con sus ojos azules, dijo algo en su lengua que no entendí, y murió antes del alba. Yo, hijo del Altísimo, general de generales, enterré su cuerpo con las manos juntas y le prometí que ningún hijo de Dios moriría solo en mi campo de batalla.https://www.tiktok.com/@lallamadelamor2/video/7620115461115596052?is_from_webapp=1&sender_device=pc&web_id=7616551038753506833
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